jueves, 16 de octubre de 2008



LIBERACIÓN por Arantza Sinobas

“Buenos días, señoras y señores. Les saludamos desde nuestros estudios de Seattle (sintonía) Estamos empezando una nueva edición de Noticias a las 7 y hoy tenemos que abrir el sumario con el tema del que todo el mundo habla y hablará......................”

Estornudó y su cerebro aterrizó entre pelos de gato gris. Abrió los ojos y un autómata salió de debajo de la funda del edredón con movimientos cortos y concisos. Una ducha, la ropa y un café manchado de leche en la cocina. Sentado en la banqueta, de espaldas a la ventana como todas las mañanas de todos los días.
Dejando resbalar unos ojos sin vida por el trozo de pasillo que veía desde su posición, lo vió mientras un sorbo de líquido caliente le quemaba la tráquea. Dudó, bajó el bol hasta dejarlo encima de los cuadros del mantel, se levantó y se acercó en dos tiempos.

“Libération”

Lo cogió del suelo. Estaba junto a la puerta de la calle, enrollado y sujeto con una goma. Abrió la puerta y miró fuera buscando algún indicio en la calle. Nada. Ni un triste perro.

Un tráfico lento y lluvioso le llevó hasta la oficina. En varios de los parones de la caravana, volvió la vista hacia el asiento de al lado donde lo acompañaba silencioso, como un tímido autoestopista recogido en medio del trayecto con el que ya se han acabado los temas de conversación.

En su mesa, lo puso al lado del teclado del ordenador para verlo continuamente por el rabillo del ojo. Entre el quinto y sexto informe que se abría en su pantalla, un espasmo en su bajo vientre le avisó de que eran las once y veintialgo ya. Se lo colocó bajo el brazo como si fuera un molesto apósito e inició la escalada hacia el baño de la planta de arriba. Era el más tranquilo a esas horas.

Una vez vaciado su intestino grueso, fue a...Un canuto de cartón marrón se burlaba de él desde el plasticoso portarrollos.
Vaya, qué podía hac...ah…ahí estaba en el suelo, doblado, rozando la punta de sus zapatos, salpicados de barro como si hubieran sufrido un brote de varicela. Iba a ser su salvación, aunque sufriese ciertos daños colaterales. Se colgó del retrete como un grotesco Baby Mocosete hasta apresarlo con sus dedos en varios intentos. Una vez el tesoro en sus manos, buscó una hoja que tuviera gran cantidad de blanco, quizá una de anuncios...Y entonces, en uno de los laterales de la página cuarenta y siete, apareció súbitamente ante sus ojos, atrapándoselos como una impotente mosca en una tela de araña.

El aeropuerto Orly de París era, a esa hora del día, una estampida de ñus por la sabana africana. Tuvo que sortear varias Samsonites que disputaban ansiosas una carrera enloquecida, antes de alcanzar el frío cortante del exterior. Dentro de un taxi, ahogado en calefacción como un pollo en una incubadora, recorrió veloz el tramo que lo separaba de la dirección que le enseñó, escrita en un post-it amarillo, a la boina de partisano salido de la mismísima Résistance que agarraba desmadejadamente el volante. Al llegar a una calle estrecha de una especie de pabellón industrial de los sesenta, el taxímetro le escupió con desdén una cantidad que pagó sin abrir la boca salvo para esbozar un merci al salir torpemente del vehículo.

Hubo un instante de vértigo en la soledad de aquel callejón y un mejor no haber venido. Pero el frío, insaciable en la conquista de su cuerpo, movió sus pies hasta una puerta de metal pintada a brochazos desordenados en un verde militar, que defendía su soledad en el desconchado muro de la izquierda. La tocó para empujarla y se abrió con dulzura chirriante.

Un pasillo resbaladizo con unas paredes que servían de circuito de velocidad a varias gotas olímpicas y unos fluorescentes amoratados haciéndole guiños en línea recta desde lo alto de un techo oscuro.
Por fin, un hueco por donde cambiar de dirección.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la potente luz de dos focos que se enfrentaban feroces, descubrieron una silla negra con pedigrí de diseñador, desnuda, justo en medio de un espacio cuadrangular. La miró unos segundos, más que nada para ganar tiempo a su deseo de huir hacia la luz de invierno que había dejado en un exterior muy lejano ya.
Giró sobre sus zapatos manchados de barro, cuando su mentón chocó contra una francesa melena de petróleo que dejó escapar un…uy? ou? al tiempo que unas gafas rectangulares hacían que unas manos regordetas intentaran parar ese baile maldito que las había poseído, buscando el cemento pintado en gris del suelo.
“Perdón, eh…” “¿Fiene iusté por el anoncio, n´est pas?” “Eh…buen…yo…” “ C´est bien, c´est bien…sientesse e quand iusté oiga mi vos, conté trois y comiensa, ok?. Trankuilo, no hay prrissa…”
Incómodamente sentado, al cabo de unos segundos, empezaron a brotar las palabras en un torrente desconocido que amenazaba con no acabar nunca. El pecho se abrió como una compuerta de pantano repleto y el agua retenida tantos años inundó todo aquel espacio.

Mi madre le había traído aquel sábado a comer. Y precisamente a él. Era el único vecino de toda la manzana con el que no teníamos ningún paliativo a la hora de mofarse. Mis amigos y yo siempre proclamábamos a los cuatro puntos cardinales, como nuestros héroes de papel, que nunca caminaríamos a menos de cien pasos de él y su ridícula chaqueta de cuadros, que jamás nos temblaría el pulso al tirarle proyectiles variados, traídos expresamente para la ocasión, las pocas veces que salía de su casa. Y aquel sábado me lo encontré en mi cocina, sonriente y sentado a mi mesa donde me esperaba para comer junto con mi madre. Dios! Fue una tortura inimaginable estar temiendo aparecer, por detrás de los cristales de la ventana que daba a la calle, las caras impávidas de mis colegas, viéndome romper el sagrado juramento del que había sido máximo impulsor. No le hablé, ni le miré en toda la comida a pesar de que él me mostró un acercamiento suave y tímido en varias ocasiones. Y hasta me intentó regalar un tirachinas de madera tallada con mi nombre, antes de desaparecer como el humo, no mucho después de terminar el horrible bizcocho que había hecho mi madre como postre de día especial. Por fin!!!! Qué descanso experimentaron mis rígidos miembros!. Fue al día siguiente cuando la policía llegó en pareja y abrieron a golpes la puerta, falta de pintura, para descubrir, balanceándose, el cuerpo flácido del único vecino que no hubiese deseado tener un sábado a comer, colgando de un viejo cinturón de cuero que se agarraba como las garrapatas a la viga del centro del techo. Del bolsillo de su ahora más ridícula chaqueta de cuadros, sobresalía mi nombre tallado en madera, señalándome sin piedad.

Por fin.



“Estamos ante otra de esas obras impactantes y originales de la artista Zicelle Bérneau. En esta nueva exposición de videoarte, de la que podemos disfrutar en la Galería Nouvelle Vague, la artista francesa más polémica de los últimos tiempos nos vuelve a sorprender con ese estilo outsider que la caracteriza . Un nuevo acierto de la Bérneau, sin duda.
Desde aquí, les animamos a que acudan a esta cita tan cool.

No sean los únicos que no saben de que se habla en el lounge de moda...!”

Diario “Libération”, París.



5 comentarios:

ROBERTO MOSO dijo...

Hay tanto curro y tantos párrafos que me gustan que ese 0 comentarios se ha de romper de una vez.
Hay algunas cositas que preguntaría ( a sabiendas de que estás en tu pleno derecho a no contestar, esto no es un acertijo)
-¿Se desplaza desde Seattle hasta París por el anuncio?
- ¿Que se ve en ese video?
- ¿El de la chaqueta de cuadros colgado?...
Creo que me pierdo algo (seguramente por corto)

El Conde de MonteCristo dijo...

Yo voy en la misma senda que Roberto. Me faltan hilos por unir. El tío lee un anuncio y se va a París. La rubia le dice que tranquilo y que empiece cuando quiera. Me falta por unir el último trozo en cursiva. El video es ese brotar de palabras del que se habla?

Otro corto...y no Marianico.

Javi dijo...

Todo es un sueño, no hay que buscarle una lógica aplastante, o sí...?

Arantza Sinobas dijo...

Tener que explicar un cuento o relato es lo más parecido a romper un hechizo. Puede ser que no haya conseguido llevar a los lectores al lugar donde se produce la magia y eso es culpa mía.
Pero que el Conde diga que hay una rubia ya me ha matado!!!!
Y no es un sueño, Javi. Pero el escitor utiliza un cristal propio para relatar una historia que perfectamente podría haber ocurrido.
Y tú, Moso, que me preguntes por el de la chaqueta de cuadros me ha deprimido absolutamente.

Un hombre lleva guardando un secreto infantil que le ha marcado toda su vida hasta que en un periodico aparece un anuncio de una artista que pide la colaboración de gente anónima para su nueva creción en video. Y un impulso le lleva hsta allí para liberarse de ese peso y por fin ser libre.
Ala! Ya está. Entendido?
Qué triste!
Pero que sepais que a mí me gusta!

El Conde de MonteCristo dijo...

Jajaja. joder que no sé por qué se me metió en la cabeza que era rubia. Ya ves tú, confundirlo con melena de petróleo....