jueves, 8 de noviembre de 2007

MÁS BRUNO PEKÍN




ENTRE LAS RUINAS

Con los cuarenta recién cumplidos Lisa se siente en la edad de ajustar cuentas. Su vida ha alcanzado ese punto confortable en el que quedan huecos para dedicar a las cosas que realmente le gustan. Y escribir es una de ellas. Desde siempre. Así que había sido tan solo cuestión de tiempo que en su trayectoria se cruzara “El Paraíso de la Escritura”, una sociedad limitada que ofrecía cursillos de narrativa utilizando slogans como “Con nosotros te sentirás como en el cielo”, “Vas a escribir como los ángeles”, “Podrás decirlo más claro, pero nunca más alto” o “Confía en nosotros: los críticos te besarán los pies” ... Y todo era cierto: la empresa tenía su sede en un piso 90, a casi 400 metros del suelo.

Así que Lisa, conmovida además por una página de internet en la que plumas estilográficas deambulaban por un cielo azul al ritmo sedante de flautas tibetanas, había formalizado su inscripción en el único grupo disponible:el de los madrugadores; o sea, martes y jueves de 8 a 10 de la mañana, un curso que -aunque ella no lo sabría nunca- era conocido entre los veteranos como “Iniciación a la Legaña Creativa”.

El martes de su primera clase amanece tan claro y luminoso como un folio en blanco. Lisa desayuna lo de siempre. Tras ducharse, se perfuma con algo de Nina Ricci y, por este orden, envuelve su cuerpo en un juego de ropa interior negra, unos vaqueros anchos al estilo Uma Thurman, una camiseta negra de manga corta mucho más cara de lo que parece y unas sandalias planas prácticamente invisibles marca “voy-descalza-por-la-vida-¿pasa algo?”.

A las ocho y tres minutos Lisa cruza la puerta de “El Paraíso de la Escritura”. Tras un diminuto hall recepción se abre una única sala con una mesa redonda en la que ya esperan algunos alumnos. Saluda tímidamente y toma asiento. Saca su cuaderno rojo y un punta fina y los deja sobre la mesa.

- Perdona...¿tú eres?...

Es la voz del profesor. A todas luces, bastante más joven que ella... Está de espaldas al amplio ventanal, una silueta recortada a tijera sobre el fondo agresivamente azul, casi fluorescente, de la mañana.

- Lisa. Me llamo Lisa.


- Muy bien, Lisa...Todavía nos falta alguien, enseguida empezamos.

Cinco minutos más tarde ya estaban todos. Doce, en total. Un racimo variopinto de vidas secretas reunidas por un azar único y monumental entre las paredes del piso noventa. El profesor, siempre de pie, siempre sonriente, abre el fuego dándoles la bienvenida y avanzando los objetivos del cursillo: la necesidad de jugar, la obligación de perder el miedo, de arriesgarse...luego, les invita uno a uno a presentarse ante los demás. Aunque todavía fuertemente blindados , con todos los escudos de protección sin desactivar, cada uno de aquellos doce planetas comienza a emitir fugaces señales de vida.

La clase avanza y acaban de rematar un juego inocente cuando el profesor empieza a apostar fuerte. Les invita a levantarse, papel y bolígrafo en mano, y acercarse al ventanal. Lo hacen con desconfianza, arrastrando los pies, como si el suelo se hubiera vuelto inseguro, temiendo el golpe del vértigo, la náusea de la nada, la atracción del abismo...

Poco a poco todos se acercan y miran a través de la cristalera insonora. Lisa ve la ciudad allí abajo, eterna, extendiéndose hasta donde abarca la vista.


No tiene miedo. Más bien una extraña sensación de paz. De control total sobre aquel tapiz infinito tejido de cemento, acero , agua y -aunque no se viera por ninguna parte- carne animal. A sus espaldas oye la voz del profesor...

- Bien, ahora, tal y como estáis quiero que describáis lo que véis. Váis a pintar un cuadro, pero con palabras...podéis hacerlo realista o abstracto...Como queráis...

Lisa cree notar una leve vibración en el suelo, un remoto temblor que se transmite al cristal por un par de segundos y después desaparece.

- ...lo importante -continúa el profesor- es que seáis vosotros mismos...

Lisa ve ahora un avión a lo lejos. Le parece que vuela anormalmente bajo pero tal vez sea así como se ven pasar los aviones desde un piso noventa...

- ...Bien -el profesor sigue hablando- son ahora las....nueve menos cuarto...os voy a dejar...unos diez o doce minutos...¿vale?.

Nadie le escucha ya. El grupo observa con los ojos muy abiertos cómo el avión traza una elipse y se dirige directamente hacia ellos...Todos suponen que les va a evitar, que están ante algún tipo de emergencia aérea rutinaria, una maniobra perfectamente controlada desde algún sitio, seguramente desde un centro confortable donde competentes profesionales se intercambian coordenadas mientras se papean un sandwich de chatka. Pero pasan tres segundos y algo demasiado horrible para ser real comienza a abrirse paso en sus conciencias... Por fin, en la habitación se oye una voz, suena unas octavas más aguda de lo normal...

- Joder...Nos va a pasar muy cerca...

Todo el mundo empieza a retroceder. Por puro instinto. El avión viene hacia ellos. Ahora no hay ninguna duda. Lisa lo percibe como una bala plateada de muchas toneladas disparada al centro de su pecho. Es la única en quedarse inmóvil mientras a su alrededor crece la banda sonora del caos, mezclándose gritos de angustia y ruidos de sillas al caer al suelo. Todo el edificio parece estar sufriendo un ataque epiléptico, una estampida colectiva sin un objetivo definido. A espaldas de Lisa alguien se golpea en la cadera con la mesa, que se desplaza medio metro sobre el suelo produciendo un chirrido de madera angustiada que se mezcla con el crepitar de cientos de vidrieras, con crujidos metálicos de origen desconocido, y todo ello con el ensordecedor bramido del avión, una gigantesca bomba de queroseno que se dispone a embestir el edificio....

Sin saber muy bien porqué, como si el gesto no le perteneciera, Lisa pone el rotulador sobre la primera página de su cuaderno de tapas rojas y entonces sucede. Al tiempo que la tinta toca el papel se hace un silencio total y el mundo se paraliza. Todo se detiene. A tan sólo treinta metros de la torre, la enorme masa del Boeing 767 queda suspendida en el aire, absurdamente estática, majestuosamente antinatural, una enorme flecha de acero apuntando al piso noventa...Su cabeza roba la luz casi por completo a la estancia de Lisa, que ahora está en una extraña penumbra que ilumina las figuras de sus compañeros de cursillo congeladas en diferentes poses de huida, algunas de ellas claramente bochornosas, como la del profesor pisando cruelmente la espalda de la poetisa pakistaní en su afán por llegar el primero a la puerta.

Lisa decide que está soñando. Pega la frente al cristal y mira hacia abajo, hacia el estrecho margen de ciudad que ahora le deja visible la enorme masa del avión, ahí, tan cerca. Busca algún movimiento, en algún sitio, pero lo hace en vano...Muchos pisos más abajo ve dos gaviotas detenidas en su vuelo, un poco más allá el humo de un remolcador está como fosilizado en el aire y muy a su izquierda una nube lejana con forma de bombín no avanza ni retrocede...


De pronto, Lisa sabe lo que quiere hacer. Levanta una de las sillas caídas, se sienta a la mesa y se pone a escribir. Sabe que el de su mano es el único movimiento en un universo estático. Así que Lisa escribe, rodeada de un mundo de estatuas, a la sombra de un avión ingrávido, Lisa escribe. Por las hojas de su cuaderno rojo va desfilando su infancia en Florencia, su primer y desastroso amor, las sesiones de radioterapia en plena adolescencia, su primera y única boda, el diagnóstico de infertilidad, su separación, la muerte de su madre, su escapada solitaria a Nueva York, las clases de inglés y el aburrido trabajo en el hospital, su excedencia y el hallazgo en las páginas de una revista literaria de la publicidad de “El Paraiso de la Escritura” ...Lisa lo escribe todo. No es una historia extraordinaria, pero es su historia.
Todo ocurre en un tiempo que ya no existe y cuando no queda nada más que decir, cuando toda su vida ha sido escanciada en ese cuaderno rojo, Lisa intuye a la perfección lo que va a ocurrir. Y lo acepta. Porque así tiene que ser. Así que en la última hoja escrita, justo al final de la última frase y tras la última palabra pone el punto final y entonces sucede.
Para ella es como si alguien apagara la luz. En realidad, la máquina del universo cierra su kit-kat y se vuelve a poner en marcha. Así que el Boeing se empotra en el piso noventa llevándose todo por delante en tres segundos. Le acompañan varias explosiones y un río de queroseno en llamas que recorre los pasillos poniendo la zona a 800 grados celsius y fundiéndolo todo a su paso. Todo salvo un pequeño cuaderno rojo que un voluntario de chaleco refulgente rescatará tres semanas más tarde entre toneladas de polvo y cascotes y en cuyas páginas no habrá nada escrito. Nada de nada.

1 comentario:

ROBERTO MOSO dijo...

JODER BRUNO. QUÉ GRANDE. LO ÚNICO QUE SOBRA ES LA EXPRESIÓN "KIT KAT" (PELIN CUTRE ¿NO?). LO DEMÁS ¡CHAPÓ!